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domingo, 20 de marzo de 2011

"Moriré en Libia como un mártir"


Hola, soy Muamar Gadafi y quiero abolir el derecho a la vida.

Actualmente no paso por mi mejor momento y, sinceramente, no entiendo cómo he llegado a esta situación, os comento:
Llevo siendo el remolón de Libia desde el año 1969.
Participé en la Revolución que derrocó a aquel monarca hortera anti-imperialista, anti-bélico y, lo peor de todo, pro-occidental. 
He nacionalizado algunas petroleras.
He contribuido gratamente a que el nivel de vida medio en Libia creciera notablemente.
He desafiado a los postulados Islámicos por promover la igualdad de la mujer.
He participado en la implantación de la actual Constitución de Libia.
He procurado ayudar al pueblo palestino en todo lo que he podido.

No bastando sólo con eso,
Me he enfrentado a los EEUU públicamente en todo momento para conseguir la simpatía de unos tantos,
y viendo que lo que se llevaba era odiar a los judíos, 
he convertido mi política interior en un auge al terrorismo antiisraelí.

De hecho... 
Recapitulando...
Ahora que lo pienso...
Creo que mi mandato se ha basado en odiar a Israel. 

Es cierto que eso nos convirtió en un país aislado pero...
Tanto como para que me intentaran asesinar en múltiples ocasiones...

Además, queridos amigos míos
he conseguido ser una persona muy influyente en todo el mundo.
Si entráis en google y tecleáis mi nombre,
¡no veréis más que fotos mías con diplomáticos de todo el mundo!
¡Es alucinante!
Desde Obama, hasta Ban-ki Moon, 
pasando por Sarkozy, Berlusconi, Chavez, Fidel Castro, Merkel, Aznar, Zapatero...
¡Qué buenos tiempos!
Y es que, claro, después de tanto tiempo, y siendo Libia una de las grandes potencias petrolíferas...
¿Cómo no iba a llevarme bien con toda esa gentuza?

Pero queridos amigos, dejadme que os cuente, porque como os decía,
no entiendo cómo he llegado a la situación por la que paso actualmente...
¿Por qué de repente todo el mundo me odia?
¿Por qué mi pueblo se ha sublevado?
Si he hecho siempre cuánto tocaba hacer...
¿Por qué me dan la espalda quiénes me daban la mano?
Es por lo de mi antisemitismo, ¿verdad?
¡Menudos rencorosos estáis hechos, tontorrones!
Pero no os preocupéis, que aquí mando yo.

Queridos amigos, soy Muamar Gadafi y quiero abolir el derecho a la vida.
Bueno, no.
No quiero abolir el derecho a la vida porque, de hecho, ya lo he hecho.

Libia ya no tiene derecho a vivir.




Hola, somos los miembros más influyentes de la ONU y queremos abolir el derecho a la vida en Libia.

Bueno, no. 
En realidad nos da igual la vida en Libia.
Queremos el petróleo. 
Dárnoslo todo y dejaremos que os sigáis matando.

_______________________________________________________________________

Bien, habiendo recibido luz verde para intervenir, a ello nos disponemos.
Que Libia deje de vivir. 

Hágase nuestra voluntad y notifiquen la misma a todos los Estados miembros que puedan colaborar en la masacre.

Reciban un cordial saludo,
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.




Hola, soy Zapatero y he decidido enviar 450 efectivos a Libia.

Antes Libia me caía bien. Era un país de enrollados.
Un buen tipo el Gadafi este... 
De hecho, he tenido el placer de irme de comilona alguna vez con él, y la verdad es que es un tipo gracioso.
Una lástima todo esto que le está pasando, ¿eh?

Pero bueno... ¿Qué le vamos a hacer?
La ONU manda. 

Sé que no soy muy popular entre los míos y, por eso mismo, a nadie le importará que vuelva a ser incongruente una vez más, me explico:
Los irakis me hacían gracia.
Sí, en serio, ¡me caían simpáticos!
No me parecía bien bombardear su tierra. 
Por eso me mantuve firme en mi postura contra la guerra de Irak.
Al fin y al cabo... era lo que todos querían oír. 
Creo que aquella guerra me vino como anillo al dedo para ganar las elecciones...
Oh, yeah. Ya lo creo que sí, nena. 

Libia en cambio... es diferente. 
Tienen como una bandera muy sosa, ¿no?
Esta vez me interesa más caerle en gracia a la ONU. 
Al fin y al cabo... pasamos por una situación económica muy dura y... hay que quedar bien con los mandamás.

Bueno, el caso es que voy a mandar esos efectivos a Libia, sí. 
Sí señor, con un par de cojones. 
Total, apenas van a suponer financiación pública y, un caprichito más, nos lo podemos permitir. 
A todo esto hay que tener en cuenta que la vida de una persona en Libia no vale ni la mitad que la de una persona en Occidente, así que... Bah. 

Dicho y hecho.

jueves, 27 de enero de 2011

Las ilusiones perdidas




No se van en trenes con maletas de cartón pero llevan sus bienes más preciados: un portátil, un móvil de última generación regalado por un familiar o conseguido a base de una lucha de puntos sin cuartel. Suelen tomar un vuelo de bajo coste, cazado pacientemente en las redes de Internet. Se van a hacer un máster, o han logrado una mal llamada beca Erasmus que costará a la familia la mitad de sus ahorros. Otras veces van a hacer de au-pair, de auxiliar de conversación, o a cualquier trabajo temporal. La familia va a despedirlos a la puerta de embarque y mientras se alejan disimularán unos su pena y otros su incipiente desamparo. "Es por poco tiempo -se dicen-. Dominarán el idioma, conocerán mundo... Regresarán en pocos meses".
Hasta hace poco era un privilegio de los nuevos tiempos que les permitía gozar de una libertad sin límites, de un mundo sin fronteras, de una capacidad casi infinita de aprendizaje... Hasta que llegó la crisis y la maleta pareció distinta, la espera en la fila de embarque más embarazosa, la despedida más triste y el fantasma de la ausencia definitiva más cercano.
No. No llevan maletas de cartón, ni hay aglomeraciones en el andén de la despedida. No se marchan en grupo, sino uno a uno. Aparentemente nada les obliga. Ha sido una cadena invisible de acontecimientos. Estuvieron allí hace unos años, o tienen una amiga que les ha informado de que puede encontrar algún trabajo con facilidad. No pagarán mucho, eso es seguro, pero podrán ganarse la vida con cierta facilidad... A fin de cuentas aquí no hay nada.
Y se marchan poco a poco, sin alboroto alguno. Un goteo incesante de savia nueva que sale sin ruido de nuestro país, desmintiendo la vieja quimera de que la historia es un caudal continuo de mejoras.
No hay estadísticas oficiales sobre ellos. Nadie sabe cuántos son ni adonde se dirigen. No se agrupan bajo el nombre oficial de emigrantes. Son, más bien, una microhistoria que se cuenta entre amigos y familiares. "Mi hija está en Berlín", "se ha marchado a Montpellier", "se fue a Dubai" son frases que escuchamos sin reparar en el significado exacto que comportan. Escapan a las estadísticas de la emigración porque suelen tener un nivel alto de estudios y no se corresponden con el perfil típico de lo que pensamos que es un emigrante. Quizá en las cuentas oficiales figuren como residentes en el extranjero, pero deberían aparecer como nuevos exiliados producto de la ceguera de nuestro país.
En los tiempos de crisis que detallan cada euro gastado nadie computa los centenares de miles de euros empleados en su formación y regalados a empresarios de más allá de nuestras fronteras con una torpeza sin límites, con una ignorancia sin parangón. Menos aún se cuantifican el esfuerzo de sus familias, las ilusiones perdidas y sus sueños rotos en mil pedazos.
No llevan maletas de cartón, pero componen un nuevo éxodo que azota especialmente a Andalucía, que dispersa a nuestros jóvenes por toda Europa y gran parte del mundo, que nos priva de su saber, de su aportación y de su compañía. Pero, aparentemente nadie se escandaliza por esta fuga de cerebros, lenta pero inexorable, que nos privará de muchos de nuestros mejores talentos. Nadie protesta por esta nueva oleada de exiliados que son una acusación silenciosa del fracaso y de engaño. Se van en silencio por el túnel de embarque en el que les alcanzará la melancolía por la pérdida temprana de su tierra.
No son, como dicen, una generación perdida para ellos mismos. No son los socorridosni-nis que sirven para culpar a la juventud de su falta de empleo. Son una generación perdida para nuestro país y para nuestro futuro. Un tremendo error que pagaremos muy caro en forma de atraso, de empobrecimiento intelectual y técnico. Aunque todavía no lo sepamos.


Concha Caballero
"Las ilusiones perdidas"